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“APRENDIENDO A VALORAR”



El año empezaba, los meses corrían y la vida de cada uno seguía su curso habitual, por la cabeza de nadie rondaba un mal presentimiento o la idea de que nuestras vidas estaban por cambiar.

Y así, tan repentino como se escucha, sucedió. En el transcurso de unas horas todo había cambiado, malas noticias, nuevos hábitos, calles vacías y los hospitales a punto de estallar. Una prueba más de lo repentina que es la vida había llegado hasta la puerta de nuestro hogar y justo ahí nos iba a dejar.

En cuestión de días todo era ya diferente, pero hubo un espacio en especial, en el que nada sería, ni será jamás, lo mismo: LA ESCUELA. Traducida en un salón universitario, una cancha de preparatoria, un recreo de secundaria, un patio de primaria o bien, en un jardín de niños o las salas de una estancia infantil.

Esos espacios que día tras día se llenaban de risas, de gritos, de libros y de mil mochilas también cambiaron y con ello, traerían para todos... una clase que nadie quería tomar.

Y no fue precisamente por decisión, sino más bien, por necesidad. En cuestión de minutos las libretas se convirtieron en computadoras, las bancas en un espacio de nuestra casa, las clases en vídeo llamadas y las maestras y profesores se quedaron detrás de una pantalla, para quien así pudo hacerlo.

Sin avisarnos, marzo del 2020 sería el inicio de un nuevo ciclo escolar un tanto diferente; esta vez sin compañeros a un lado y sin tener que presentarnos comenzamos a estudiar; así toco en esta ocasión, inscritos en una clase que en el nombre llevaba el aprendizaje, porque estoy seguro que una vez que todo esto se vuelva cotidiano y el riesgo sea menor, nada volverá a ser igual, específicamente en lo que a lo escolar se refiere. Y nada va a regresar a la normalidad, porque está situación llego para transformar a mamá o papá en profesores, al hermano mayor lo convirtió en docente y los alumnos aprendimos a aprender.

De forma repentina nos quedamos sin el “Profe” o la “Miss” que dedicaban unos segundos de su tiempo para acláranos una duda hasta nuestra butaca, que dejaban y revisaban todas las tareas que habríamos de realizar, o que cumplían con el rol de mamá y papá por varias largas horas. No hay duda de que así fue, en muchos de ellos y por mucho tiempo, vimos una figura y un ejemplo a seguir. Figuras y ejemplos que se quedaron solo en el imaginario, pues pronto tuvimos que asimilar que esta vez no estaban ellos, que ahora nos tocaba a nosotros demostrar que el tiempo no ha corrido en vano y qué tal vez nos hacen mucha falta, pero que lo entendimos todo bien y que estamos dispuestos a aprobar este curioso curso. Sé que, a partir de ahora pensaremos dos veces antes de volarnos una clase o de pedir que el tiempo la escuela se termine porque indudablemente, extrañamos esos patios y salones.

Hoy ese ha sido el temario de esta clase, la empatía, el valor y el respeto que debemos darle desde ya y todo el tiempo, a esas personas que, por don, por preparación y por vocación, llamamos “maestros”. A ellos que dedicaron más de 15 años al estudio y su vida a la educación, a quienes desde la calidez de su casa no han dejado de planear, evaluar y preparar una clase, o de revisar un examen, a los que sin pretenderlo nos regalaron la lección más valiosa en la vida, y sin tener que estar parados por horas frente a un grupo de alumnos, nos han hecho reflexionar para entender lo valioso de su profesión, a esos docentes, educadoras, pedagogos y a todos los profesionistas que han decidido tomar en sus manos la labor más grande que puede existir, la de enseñar y formar; tan valiosa es, que sin tenernos a centímetros de distancia, lo siguen haciendo.

La educación dio, el que inevitablemente será, su giro más importante en años, paso de lo presencial a lo digital, en lo que parecía el tiempo menos indicado, pero la capacidad de adaptación se hizo presente para refutar ese argumento y demostrar que tan pronto como sucedió, se asimilo que este no era el inicio de las vacaciones y que las clases debían de continuar con todo y los particulares obstáculos a los que de forma personal cada uno se enfrentó. Por un lado, poniendo todo el conocimiento de lo tecnológico que una generación completa tiene y por el otro, la suma de esfuerzos de todos y cada uno de los miembros de otra época a la que esos avances no los puso en su mejor trinchera. Así se dio, nadando contra corriente y con diferentes panoramas, pero con un fin común, el de avanzar.

Vaya manera tan especial y poco habitual que tuvo la vida de hacernos valorar esta y muchas cosas más. Educar y enseñar no es sencillo, hoy lo hemos aprendido y, sobre todo, valorado.

‘Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde’. Así reza un dicho popular mexicano que encuadra perfecto a esta situación, que más que un mal, nos trajo una oportunidad, de crecer, de ser mejores, de hacer conciencia, de ser más solidarios y responsables, de hacerlo todo diferente.

A lo malo, lo bueno y se que a todo esto aún hay mucho bueno que sacarle.

Gustavo Nava Martinez.

 
 
 

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